miércoles, 23 de octubre de 2013

Bullying

El tema del “bullying” o acoso estudiantil es un problema nacional e internacional.
El bullying, es el maltrato constante, que sufre un menor por parte de uno o varios de sus compañeros.
Con esto se consigue en primer término, el sometimiento y el temor de la víctima, que en algunas ocasiones puede llegar hasta su exclusión social. Es satisfactorio que en los últimos años, hayamos tomado conciencia de esta conducta indeseable, que anteriormente fue vista como “normal”.
Se han identificado distintas manifestaciones o tipos de bullying, el físico, que consiste en golpes de todo tipo, empujones, y otras lesiones corporales; el verbal que incluye apodos o insultos, el psicológico, el más común,  que intenta perjudicar la autoestima y produce temor en la víctima y, el social que busca el aislamiento de la víctima del grupo.
Tenemos claro  que es necesario combatir esta conducta, sobre todo, por las consecuencias negativas que tiene en las víctimas, en etapas importantes del desarrollo.
Días atrás, el editorial de La Prensa Libre exponía el origen del “bullying” de una forma interesante de rescatar. Primero, hacía referencia a  una estadística preocupante acerca del crecimiento de este problema en nuestros centros educativos. Indicaba que “cifras recientes del Informe del Estado de la Nación indican que de un promedio de 30 estudiantes por aula, 11 han sido víctimas de violencia y un 60% ha recibido malos tratos como insultos, apodos, comentarios hirientes, gritos o malas palabras por parte de sus compañeros.” En segundo lugar, planteaba la interrogante de cómo abordar el problema y a quién se debe atender de primero, si a la víctima o al victimario.
Esto resulta trascendental, porque en la mayoría de las ocasiones se busca dar atención primaria a la víctima, sin embargo, si bien es esencial corregir todo rastro de violencia en esta, para que no interfiera en su sano desarrollo como individuo, debemos ser prontos en atender también al victimario.
Si revisamos las razones por las que un niño o un adolescente sienten satisfacción en hacer daño a sus semejantes, veremos que hay un origen en la falta de imposición de límites en su hogar. Es necesario, que como padres comprendamos que la familia es la principal fuente de amor y educación de nuestros hijos.
Es imprescindible que les enseñemos valores elementales relacionados con la sana convivencia. Debemos procurar que sean desde pequeños, personas sensibles, y que sepan cómo “ponerse en la piel de otros”, es decir, que sean empáticos con sus semejantes. Debemos proteger a nuestros hijos, pero no debemos perder de vista que la educación y la aplicación de límites, forman parte de esa protección. La convivencia con sus semejantes de manera armónica y constructiva, y estimular la tolerancia como un principio que rija sus vidas desde que son niños.
Es desde el hogar donde inicia el trabajo para eliminar el bullying, y por ende, desde donde se construyen las bases para una sociedad en convivencia solidaria.

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